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"La vida es sólo un paso entre una cuna y una tumba"

Hace ya veintitrés años que Cristóbal Peláez incubó el espermatozoide lúdico de la imaginación, que como el azahar, se convirtió en una epidemia fantástica, en una fiesta de entretelones con una camada de iniciados que trasgredían la realidad y la ficción a su antojo, y que expulsaban sus pasiones, su histeria y sus demonios como ráfagas de dragones.

A esa fiebre de belleza y de teatro, de muchas ansiedades y planteamientos histriónicos, Cristóbal bautizó como 'Matacandelas', un nombre fragoroso y tropical que en todo este tiempo ha persistido a los embates de la guerra, al dolor, a la tristeza y al olvido.
Peláez, bien se le puede definir como un sumo sacerdote de la escena, aunque él tiene un calificativo más mordaz: 'Soy un religioso sin Dios'.
Como quiera que sea, y desde su condición de teatrero empírico, autodidacta, ha sido el gestor y el hacedor de un teatro que rompe todas las barreras y cánones tradicionales, y los esquemas establecidos, con una fuerte carga energética, preñada de imágenes que se debaten entre la oscuridad, el silencio y la poesía.
Así es la mayoría de sus obras, las de repertorio, más de treinta y cinco montajes: 'Angelitos empantanados', 'Oh Marinheiro', 'Sylvia Plath: La chica que quería ser Dios', 'Juegos nocturnos', 'Los ciegos', 'Los diplomas', 'Doña Rosita la soltera' (de Lorca), y obras infantiles como 'Pinocho', 'Hechizerías', 'Fiesta' y 'Chorillo siete vueltas', con las que ha viajado como un nómada por el mundo, haciendo la solemne venia para recibir el aplauso y el elogio a su talento.

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Y en este arduo periplo ha hecho un alto en Bogotá, en la Casa del Teatro, para correr el telón e invitar al exorcismo de sus maravillosas ocurrencias, que él también llama 'bestialidades'. Pues que comience la función.

¿En qué lugar de Medellín se incubó 'Matacandelas'?
"Eso fue en la primavera de 1979, en un pequeño bar de La Placita de Flores, un lugar de gran efervescencia y comercio de víveres, flores y plantas exóticas, una especie de bajo fondo aristocrático".

¿Y era usted un polluelo de anarquista?
"Era un 'hippie' fracasado, y lo sigo siendo".

¿Usted es un 'hippie' de esos que escuchan Gardel y toman 'guaro' como arrieros?
"No. Tomo aguardiente, pero escucho a Sandro, porque me mantengo en un permanente despecho".

¿Cómo esos Sagrados Corazones que penden de las paredes de las casitas tristes de Lovaina?
"Todo lo contrario, yo soy un despechado alegre, y en lugar de corazón pongo un cerebro".

¿Por qué le dio por el teatro en una época en que los teatreros vivían de puro milagro?
"Porque el teatro ha sido una forma de escurrírmele al trabajo".

¿Es decir que después de todos estos años, sigue siendo un desempleado?
"Peor aún, un vago. Si fuera desempleado se entendería que estoy buscando empleo, y esa no ha sido mi pretensión".

¿Por qué el nombre de 'Matacandelas'?
"Por azar, por su sonoridad tropical, y sus diversos significados tan agradables. Es un duende, es un hongo, es una conversación, es una excomunión, entre múltiples acepciones de la palabra".

Alguien decía que usted era el Raúl Gómez Jattin de la escena...
"Yo preferiría ser el Jim Morrison del teatro".

¿Qué se siente el haber empezado a hacer teatro con las uñas?
"Yo diría más bien que ha sido con los huevos, literalmente".

¿Hasta dónde su teatro ha sido panfletario?
"Mi teatro trata de ser una respuesta de belleza en un país de viejos casposos y cacorros".

¿Cómo definir el teatro que hace?
"Es una tentativa de oscuridad, de silencio, y pensamiento".

¿Quiénes son aquellos que clasifican en su colectivo teatral?
"Hombre, yo en este momento trabajo con veinte personas, y los hombres tienen los huevos muy bien amarrados, y las mujeres las tetas muy bien puestas. Este grupo es una antología de gente hermosa".

Siendo empírico, ¿cómo empezó a meterle el diente a la dramaturgia?
"A punta de errores y de equivocaciones".

¿Qué es lo que más exige como director?
"En la puesta en escena, la limpieza verbal y visual, y en el trabajo de grupo, la disciplina".

¿Cómo se le viene a la cabeza un montaje?
"Es un proceso largo de incubación, un ejemplo: 'Los ciegos', de Maurice Maeterlinck fue una obra que estuvimos empollando doce años; salió hace un mes como un gallo robusto".

De eso quería preguntarle, ¿por qué 'Los ciegos', por qué la oscuridad, por qué las tinieblas en algunas de sus obras?
"Porque mi página en blanco es el espacio oscuro y yo soy quien autoritariamente le doy un orden de lectura al espectador".

¿Esa oscuridad puede remitirse a una fijación de la infancia, o a una pesadilla?
"En el útero todo está oscuro".

¿Y por qué esa atmósfera fúnebre en la escena?
"Porque la vida es un paso entre una cuna y una tumba".

¿Usted, de alguna manera, ironiza y se burla de la muerte?
"En la medida en que enfrentemos la muerte, estamos capacitados para vivir. Mi intensidad parte de esa conciencia".

Usted parece ser un muerto que viviera para el teatro...
"Yo creo que el teatro 'Matacandelas' demuestra exactamente lo contrario, incluso es mucha la gente en Medellín que nos llama los 'enciendefuegos', los 'enciendepasiones'".

Se lo digo por esa manera fría y profunda de contemplar la vida...
"Allá en el horizonte, para todos, está la fosa; es muy deleitoso hablar de ella".

Tiene una notoria influencia de Pessoa, ¿de quién más?
"Por mí y a través mío convergen muchedumbres, hasta el punto de que no sé quién soy yo, o qué sé yo. Están Pessoa, Flaubert, Rimbaud, Mallarme, Anne Sexton, Sylvia Plath, Andrés Caicedo, Fernando González, Estanislao Zuleta, Gonzalo Arango, García Lorca, y el más amado de todos, Charles Baudelaire".

¿Qué puede decir hoy de 'Matacandelas' después de 23 años de haberlo fundado?
"Que al fin comprendí que había fundado mi patria".

Y de usted mismo, ¿qué dice?
"Que me he destruido construyendo".

¿Sus vestiduras también deben oler a telón, a bambalinas...?
"No, el teatro es aquello que le sobra a mi pensamiento".

¿Alguna vez trató de suicidarse frente al espejo de un camerino?
"Al hacer un personaje uno se convierte en el otro, y ese otro todas las noches me asesina por hora y media o dos horas".

¿Qué cree que esté haciendo ahora mismo Andrés Caicedo desde la eternidad?
"Debe estar cagado de la risa, viendo cómo se divierten los jóvenes con sus 'Angelitos empantanados'".

¿Cómo son sus 'juegos nocturnos'?
"Que si puedo vivir 60 años estoy a disgusto de vivirlos de un solo tajo. Mis juegos siempre han sido imaginar esos 60 años repartidos en distintas épocas y en distintos lugares; por ejemplo, haber vivido cinco meses en el teatro El Globo, de Shakespeare; por ejemplo, seis meses, al lado de Sófocles; seis meses al lado de Moliere, y así hasta los 60 años".

¿Usted es copisolero?
"No, el aguardiente es sinónimo de conversación".

¿Qué opina de la juventud de hoy?
"Es una juventud mucho más arrecha que todas las juventudes de todas las épocas, excepto, de la juventud griega que fue la más metalera. Atenas era una ciudad de 'sollados'".

Fuera del teatro, ¿qué es lo que más le gusta hacer en la vida?
"Hablar bestialidades y pensar".

¿Usted ha llegado a temerse a sí mismo?
"Yo les temo a dos cosas: al gobierno y a mí mismo".

Fuente: www.matacandelas.com
publicado en El Espacio el 16 de agosto de 2001

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