Lo que arde, la imagen rural en el cine. Memorias, fantasmas y violencias
Ciclo de cine – primera temporada del 2026 (Marzo – Mayo).
Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras.
Pedro Páramo. Juan Rulfo
Escrito por: Grupo Kinoks
El llamado “Nuevo cine latinoamericano” de los noventa se caracterizó por un giro que ponía a la vida urbana y sus habitantes en primer plano. La urgencia de los personajes captados en la ansiedad narcótica de las drogas, la violencia y la ráfaga de las miserias en las ciudades latinoamericanas reunía un complejo escenario que no solo renovó la estética del cine de la región con nuevos aires autorales, sino que creó una mirada sobre la cotidianidad que tuvo una implicación fundamental en el uso del lenguaje y el cuerpo de ciertas minorías; es el caso de Pablo Trapero, Adrián Caetano, Víctor Gaviria o Alejandro Gonzáles Iñárritu, por citar algunos.
Sin embargo, a la par de este interés compartido por el vértigo y la saturación urbana como terreno de exploración, algunos directores como Lucrecia Martel o Lisandro Alonso se remontaron a la vida solitaria y salvaje del campo en los márgenes de las grandes metrópolis; ambos, egresados de las escuelas de cine en Argentina y compañeros de generación de directores como Trapero, marcaron un desvío, un retorno al campo, a sus fantasmas y sus ecos de las violencias contenidas, que se tradujo en moradas visuales y sonoras compuestas con una sensibilidad y rigor pasado por alto en las narrativas del cine industrial. Esta llegada de un cine contemplativo abrió la posibilidad al encuentro con lo fantasmal alejado del estereotipo y la explotación, incluso de las pretendidas adaptaciones literarias que aún se ven en los canales de consumo a la carta. Esta existencia muchas veces entre los vivos y los muertos, entre lo natural y lo fantástico, se vio enriquecida por un cine posterior que unía las experiencias culturales locales de directores latinoamericanos distintos como Tatiana Hueso, Ciro Guerra o más recientemente Laura Citarela, entre otros.
Este retorno no es menos significativo para las estéticas de otras regiones de Europa, si tomamos en cuenta la tradición del cine rural en España y Portugal cuya continuidad, no sin múltiples renovaciones a lo largo de más de cuatro décadas, mantendrá una relación poética de largo aliento entre las memorias rurales y la crítica social; así, el cine que abarca el primer Carlos Saura o el cine de la transición de Manuel Gutiérrez Aragón recorre una imagen no idealizada de una “España profunda” en clave surrealista bajo la influencia del naturalismo (Cine de las pulsiones inconscientes y de lo onírico) de Luis Buñuel, naturalismo que a la altura de los años noventa se verá de nuevo reflejado en un terreno pletórico de alucinaciones laberínticas bajo la metáfora de la repetición diabólica de la destinación y el azar, los lazos de sangre y la pulsión erótica en el cine de Julio Medem. Por otro lado, la cinematografía portuguesa, mucho más desconocida, presenta otra tradición que se remonta a una imagen que mezcla el diario y la bitácora de viaje, entre el documental y la ficción cinematográfica en maestros como Miguel Gomes o Fernando Lopes, que autores como Pedro Costa llevarán lejos en un cine telúrico compuesto de claroscuros y personajes al margen de lo civilizado.
Si al recordar la frase dicha por los franceses de la Nueva ola en la que el cine no es otra cosa que “un viaje entre la provincia a Paris y de Paris a la provincia”, por la vía siniestra de Claude Chabrol, en el caso francés y por extensión el cine italiano de la tradición post neorrealista, podemos reafirmar dicha idea de viaje y de movimiento como una potencia vigente para el cine contemporáneo que se debate entre la conurbación a escala global, el destierro, la sobreexplotación y todas las formas de exterminio tanto de la humanidad como de la naturaleza.
Para nombrar este ciclo de cine hemos tomamos el título Lo que arde, filme del director gallego Olivier Laxe, con el que además de enunciar con el fuego una posible exhumación de las memorias, los fantasmas y las violencias que recorren visibles e invisibles la ruralidad, es un elemento en el que se cuecen imágenes y sonidos, pues, quizá la imagen que falta sea justamente la imagen de la naturaleza a pesar de tenerla en frente; una imagen siempre en disputa entre lo humano y lo viviente.
Este ciclo estará acompañado de la publicación semanal de la reseña crítica de cada película, además de la presentación y conversación al final de cada proyección. El ciclo completo estará programado en tres temporadas de tres meses cada una, de marzo a noviembre de 2026. El campo a fin de cuentas no es tan verde como lo anunciaba un poeta colombiano, en cierta medida lo es, en su espacio onírico ingenuo y en sus comunidades sencillas, pero no lo es, en su siempre tentativa de ser asolado, explotado, o de ser simplemente depósito de prejuicios y miedos irracionales, en lo que atañe a la violencia que no ha dejado de imponerse sobre él. En medio de su rutina y de sus personajes, la memoria gravita entre la arcadia imposible y el deseo de escapar, haciéndose emisario de fantasmas y de imágenes límite.
Ver y descargar:
- Programación de este ciclo.
- Reseñas de las películas proyectadas a la fecha.




