Los espejos de la palabra: memorias de la XVIII edición de Andanzas

Por: Juan Manuel Vásquez Vivas

Es domingo. Los ojos se habitúan a los turistas que visitan la plazoleta, al aire arrebolado de burbujas y palomas, al paso de un burro cargado de niños, a las tiendas levantadas por los artesanos. Es domingo, y el oído se habitúa a las músicas de iglesia, a las campanas y los pregones, a la algarabía de quienes juegan, se persiguen y se entregan. Es domingo de Andanzas; el tercero y último de los tres días de festival, y aun antes de que sobre el escenario aparezcan los grupos, ya el pueblo se arremolina como en la vorágine de la danza.

A las dos de la tarde, Yeison Meneses toma el micrófono. Nos cuenta de los orígenes del dancehall, de los viajeros que en los setenta encontraron en Jamaica el origen de los ritmos que habrían de cambiar su vida y la de sus alumnos. Mientras narra los entresijos de un género que por años estuvo vedado a los hombres, a la espalda de Yeison se preparan las primeras bailarinas. Ya desfilan con sus vestidos de satín verde y naranja, como acechando un escenario que saben suyo. Yeison continúa con su seducción, primero con su voz, luego con la música y, por último, con el baile. Las escalinatas cada vez tienen menos asientos libres, los ojos habituados descubren un cuerpo danzante y reconocen una historia que ha invadido la calle, “la calle como espacio danzado”.

Durante las jornadas anteriores, la danza se había manifestado en muestras de grupos de proyección de danza infantil, afro y precolombina, presentaciones de piezas locales, talleres sobre dancehall, afrobeat, whacking, vogue y locking, conversatorios alrededor de la enseñanza de las danzas urbanas. En cada uno de estos espacios resonaron las voces que en algún momento habían sido apartadas. Porque cuando la norma alcanza el arte y convierte en ley lo que fue la sensibilidad de una época, la ligereza de una bailarina clásica, las fábulas y la música de cámara que envuelven sus movimientos dejan de ser caminos hacia la conmoción y se convierten en emisarios del poder. Acaso por esto, lentamente, el arte se transforma y termina por conferirle a los lenguajes perseguidos esa capacidad de significación que van perdiendo los que antes fueron fervorosamente aplaudidos.

Algo de esa progresiva e irrefrenable mutación flota en el aire de los aplausos del domingo. Vibra en los vientres con los bajos profundos del hiphop, el trap y el dembow. Uno se ve tentado a pensar —mientras observa el desfile de grupos sobre la escena— que quizá, entre todas las artes, la danza es la que con mayor premura busca sonidos nuevos, musicalidades que expresen esos cambios silenciosos, hasta que cae en cuenta de que muchos de los bailarines que ahora rinden tributo a aquellos músicos no habían nacido aun cuando ellos murieron. Entonces, uno constata lo diferente que es el arte de lo que la costumbre hace de ella; que hay voces sobre las que no pasa el tiempo y acompañan los bailes del niño con la misma vivacidad que lo hicieron en el pasado. Uno recuerda esos versos del Arte poética que dicen “A veces en las tardes una cara/nos mira desde el fondo de un espejo;/el arte debe ser como ese espejo/ que nos revela nuestra propia cara.”, y se pregunta por lo que reflejan esos movimientos que no necesitan de los espejos de la palabra.

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