
«Al fondo del paisaje, la locomotora
se acercaba como un ruidoso
advenimiento».
El guardagujas — Juan José Arreola
Este aire de lunes tiene esa luz plomiza tan propia de los días que siguen a las grandes fiestas. En los balcones las banderas flamean a media asta por el veinte de julio. Ya poco queda de las músicas que agitaron las avenidas. Acaso las murmuran unos pocos hombres en las tabernas, se canturrean de camino por estas calles despobladas, se recuerdan, pero ya no se bailan.
Durante la mañana anterior los cortes en las calles, las cintas amarillas, ya vaticinaban el desfile. Desde temprano los integrantes de Arcoíris en el Asfalto cambiaron el gris del pavimento por los tonos vivos de las tizas escolares. De modo que quienes buscaban hacia la tarde un lugar para observar el paso de las comparsas se encontraron de pronto con los murales horizontales de aquel río de polvo y color. En ellos se reunían las formas de las flores, la intuición de las máscaras, el desfile de los pasos. Una comunión de cifras, de jeroglíficos, que resumiría la escapada del gran evento del XXXI Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble, el desfile de comparsas.
Hacia las cuatro de la tarde, por el camino que desemboca en el Parque Educativo, las calles habían sido tomadas. Puestos de maquillaje improvisados, balcones invadidos de familias, aceras con silleterías adventicias. El pueblo palpitaba en la intuición del carnaval hasta que, finalmente, el público reventó en palmas, gritos y júbilo frente a la precipitación de la danza.
Toda marcha trae consigo a las demás, de la misma forma en que una palabra contiene a todos aquellos que en el pasado la pronunciaron. El desfile trae el recuerdo de los ejércitos que regresan vencidos a su ciudad, de los pregoneros que cantan al aire las músicas de sus oficios, de los migrantes que hacen del camino su hogar. Cada uno de ellos celebraba a su modo que aquella marcha recibiera por fin las miradas que en el pasado les habían rehuido. El pueblo no solo observa a esas tropas de bailarines y saltimbanquis; de escupe fuegos y falsos sacerdotes; el pueblo es esa procesión fugitiva de seres dispares, de voces que se reúnen alrededor de la música.
Durante más de tres horas las papayeras y batucadas acompasaron el paso de las agrupaciones. Pero cuando parecía que todo había terminado, que la cola del desfile buscaba el concierto de la plazoleta, algo más ocurrió. Se escuchó una algarabía aún festiva y, sin embargo, confusa. En la esquina de Teatro Tespys una carroza gigante se había atorado contra los paredones y los cables de la luz. De repente, la calle quedó cortada. El público observaba todo aquello como si fuera parte del programa, una obra más del Gesto. Y no se equivocaban. ¿Cómo no iba a ser obra del teatro que una mujer gigante, de piel azul, se abrazara a aquellos muros blanquirrojos?, ¿que con sus guirnaldas de flores y aves decidiera quedarse en esa esquina que durante dos semanas abre sus puertas para ser el hogar del teatro?
Algo alumbró de repente, un estallido en los postes de la luz y luego la más onda de las oscuridades; apenas cortada por el brillo de los trajes y la risa de quienes sabían que en el teatro la luz puede convertirse en un aliento, un ritmo o un enfoque. Que ese juego de luces más que un accidente, era parte de sus tretas y que esa penumbra solo podía significar que el pueblo entero era ahora esa gran sala que esperaba a oscuras el milagro del teatro.
Por: Juan Manuel Vásquez Vivas, escritor de El Gesto Noble.
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