
Camino de la vereda, en su edición 2026, se propuso comprender las memorias bioculturales asociadas a los bosques del área rural de El Carmen de Viboral, así como los retos socioambientales que enfrentan en la actualidad, reconociendo su papel histórico y presente en la construcción de la identidad carmelitana.
De esta manera, se implementaron distintas acciones que incluyen el análisis bibliográfico, entrevistas a actores clave, cartografías, muestreos, observación y trabajo de campo con el método etnográfico; aspectos que fueron registrados, analizados y que concluyeron en la producción de distintos contenidos asociados a la investigación: cartilla y documental.
Por: Corporación Pantágoras e Instituto de Cultura
¿Dónde está el bosque? Esta fue una pregunta que nos repetimos y que compartimos con muchas personas de El Carmen de Viboral, antes de que señalaran directamente las montañas, los cerros tutelares y las principales veredas del pueblo. ¿Y qué tal si el bosque no está solamente allí? Nunca se queda quieto, migra diariamente con el viento, las aves que nos visitan y se posan en los tejados de nuestras casas y calles, las zarigüeyas que se desplazan en busca de alimento en las zonas urbanas, así como los microorganismos que habitan la quebrada La Cimarronas, alimentada también por la vida que se sostiene desde lo alto de las montañas. El bosque también está en los zorro-perros que se dejan observar mientras cruzan las calles durante las noches. No está tan lejos como parece o cómo quizás lo imaginamos. Algunas veces incluso, viene hacia nosotros. La reflexión que planteamos a lo largo de este documento podría parecer meramente poética; sin embargo, responde a la necesidad de cruzar las fronteras que hemos establecido desde el mundo de los humanos occidentales, al imaginar que la cultura y la naturaleza son dos dimensiones separadas, que no se entrecruzan y que son distintas la una de la otra.
Durante muchos años, como habitantes locales hemos mirado el bosque con distancia. Lo hemos visto como un paisaje, un lugar de estudio o como un espacio que permite acercarnos a múltiples ecosistemas, especies, flujos hídricos e incluso a sus llamados “servicios ambientales”. Pero basta caminar con atención plena por nuestras zonas urbanas, para que esta idea se desmorone. El bosque es también un espacio que teje relaciones socioambientales y que participa en la construcción de conocimientos humanos y más que humanos. Su trabajo activo nos ha enseñado a pensar cuando responde a la luz, cuando sus habitantes reaccionan ante las señales de amenaza, cuando sus semillas nos hablan de la paciencia para germinar o cuando determinadas especies desaparecen de los lugares. Cada uno de estos elementos cuenta, narra y hace memoria del territorio. El bosque no está solo para ser observado, pues también se expresa, responde y deja huellas.
Al preguntarnos dónde está el bosque, también nos encaminamos a pensar dónde nos ubicamos nosotros. Con este trabajo hemos aprendido que nuestras propias formas de habitar el mundo urbano son la muestra evidente de que la separación entre “el bosque y los humanos” nunca ha sido real. Respiramos un aire que atraviesa los árboles, bebemos aguas que han pasado por las montañas, caminamos sobre un terreno en el que ocurren procesos que no alcanzamos a percibir y, compartimos nuestros espacios cotidianos con otras formas de vida. Los seres del bosque, aunque a veces pasan desapercibidos, participan de aquello que somos y nos define. Aprender a nombrar el mundo que desconocemos es fundamental, pero pareciera no ser suficiente si ese ejercicio no implica también reconocer que nuestras vidas se encuentran permanentemente entrelazadas con otras formas de vida y con los procesos que muchas veces suceden fuera de nuestra mirada. Somos parte del bosque y al mismo tiempo todas nuestras decisiones lo transforman. Quizás el bosque no sea entonces sólo un lugar al que viajamos o al que nos acercamos. Más bien es un cuerpo vivo y complejo, en el que se teje una trama de relaciones de la que nunca hemos dejado de hacer parte.
Al seguir las pistas del bosque y sus voces en las veredas carmelitanas, surgieron cinco historias que nos permiten acercarnos a los humanos, vegetales y animales que tejen la vida rural. Cada historia nació de un encuentro distinto donde también fue posible escuchar, observar y activar la sensibilidad reflexiva frente a aquello que aparecía ante nosotros. No nacieron para responder de manera definitiva las preguntas que dan ruta a la presente versión del proyecto Camino de la Vereda. Por el contrario, buscan acercarnos a esos lugares, personas y prácticas que parecen ocultarse tras las sombras de los árboles. Esta es una invitación a detenernos y descubrir qué nos dice el bosque, qué nos dice el territorio a través de las prácticas de su gente y aquello que ocurre en sus bordes. Es también una posibilidad para ir más allá de la pregunta convencional por aquello que hay en el bosque, y más bien preguntarnos ¿Qué tiene el bosque para contarnos?
La cartilla completa está disponible en ISSUU.
El documental está disponible en nuestro canal de Youtube
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