
Lo que arde, la imagen rural en el cine. Memorias, fantasmas y violencias
Ciclo de cine – tercera temporada del 2026
Octubre y noviembre
El desierto (sertão) se convertirá en mar y el mar se convertirá en desierto Dios y el diablo en la tierra del sol (1964), Glauber Rocha.
Por: Grupo Kinoks
A manera de profecía, podríamos cerrar este ciclo de películas dedicado a las imágenes y sonidos de la ruralidad con la frase entonada como canción por Sérgio Ricardo en la última secuencia del filme de Glauber Rocha, Dios y el diablo en la tierra del sol (1964): “El desierto (sertão) se convertirá en mar y el mar se convertirá en sertão” para invocar las fuerzas de un nuevo inicio. Lo que veremos no se cierra ni clausura nada, antes bien, advierte de la necesidad de una inversión, un relevo, de un salto que haga posible desde el cine, una vuelta para pensar el sentido de la tierra. Mito y profecía se complementan para contrarrestar la violencia que destroza los cuerpos y la vida. Acudimos en esta ocasión a directores y directoras de regiones, contextos y formas de hacer cine, aún más distantes, pero que nos invitan a traspasar dialécticamente realidad y sueño, memoria y olvido, vivos y muertos, silencio y polifonía. El cine rural, si es que existe uno, nos invita a escuchar y a ver lo inesperado, lo desconocido, como el caso de Vargas, ex carcelario que retornará al monte para recobrar su chacra en plena selva del Paraná en Los muertos (2004), película de Lisandro Alonso que abrirá esta tercer temporada, o como el buscador de imágenes a la espera del ritual de muerte de una anciana una aldea kurda en El viento nos llevará (1999) de Abbas Kiarostami; o la búsqueda de los vestigios en Aldeaseñor, el pueblo natal de la directora Mercedes Álvarez en el que solo quedan catorce habitantes, testimonios de un filme poema en El cielo Gira (2004). Y para la despedida del ciclo, un filme dentro del filme de Jafar Panahi, Los osos no existen (2022) ficcionalizado por el propio director quien se graba en su exilio rodeado por los campesinos del pueblo Jaban entre Irán y Turquía.
Adentrarse en la tercera temporada de Lo que Arde: La imagen rural en el cine exige, antes que nada, despojarse de la mirada domesticada que concibe a la naturaleza como un simple objeto decorativo, una estampa bucólica o una herramienta utilitaria del montaje. Las imágenes que habitan este itinerario no ilustran el paisaje; lo hacen combustionar a través de una cartografía de la haecceidad en su sentido más puramente deleuziano: el cine transmutado en un clima, en un estado de la materia y del alma donde el viento, el barro, la maleza y la luz no acompañan a los personajes, sino que los atraviesan, los determinan y los desbordan. Asistiremos a una dimensión cinematográfica donde la geografía rural deja de ser un escenario pasivo para devenir una presencia espectral, un temperamento cósmico o una densa carga política que interroga directamente al caos y al orden de nuestra existencia. Aquí, el territorio salvaje y el campo se revelan como la matriz de lo innombrable, el lugar donde anidan los prejuicios atávicos, las soledades más descarnadas, el miedo al aislamiento y la violencia de la incomprensión humana. Es un viaje que cruza los límites de lo bello y lo terrible, situando al espectador en una atmósfera de radical tensión perceptiva, un cine de la intemperie absoluta donde el ojo de la cámara se sumerge en el corazón mismo de las cosas para desatar aquellas fuerzas vivas que escapan por completo a la escala del hombre.
Esta experiencia de combustión interna late de formas distintas y profundas a lo largo del ciclo, entrelazando la dimensión mística con la crudeza política. Lo comprobaremos en esa selva correntina que lo engulle todo, donde el viaje de un hombre que sale de la cárcel se sumerge en un tiempo puramente vegetal y suspendido que diluye cualquier juicio moral para devolvernos a una condición animal e indiferente. Esa misma materia se transmuta en un poema geológico y afectivo cuando el viento azota una meseta portuguesa, fundiendo los rostros de los ancianos con las piedras de los acantilados en una correspondencia ancestral que transforma la geografía en un depósito de mitos y fantasmas. A veces, la aspereza de los caminos y las montañas escarpadas duplican el desborde mental del desamparo filial en la ruralidad colombiana, un territorio donde la locura y la desesperación de una madre y su hijo chocan contra el muro de la incomprensión social y el prejuicio. En otras ocasiones, la selva se revela como el espacio definitivo de la hybris y la transmigración de las almas; un murmullo nocturno y tropical donde las fronteras de lo real se vuelven porosas, permitiendo que humanos, animales y espectros coexistan en la opacidad de los árboles y el misterio de las cuevas.
El campo es también el escenario donde las frustraciones históricas y colectivas hierven, atrapando a toda una comunidad en una atmósfera sofocante de niebla, barro y música frenética que encierra la impotencia de una nación entera en una celebración alucinatoria. Frente a ese torbellino político, la luz que cambia sobre los páramos de Soria nos ofrece una contemplación elegíaca, registrando el paisaje como el testimonio de un final, donde el viento y las ruinas de piedra absorben las soledades de los últimos habitantes de un pueblo que se extingue mientras el cielo sigue girando ajeno al tiempo humano. Esa lección de humildad cósmica se traslada a las colinas de un pueblo de adobe, donde el ritmo de la vida rural y la inmensidad de los trigales dorados desbordan por completo los planes utilitarios del forastero, convirtiendo la topografía en una epifanía cotidiana sobre los márgenes de la existencia. Finalmente, esa misma distancia geográfica se satura de sospechas en una frontera asfixiante, donde la comunidad inventa mitos y peligros invisibles para controlar a los suyos, demostrando cómo el aislamiento puede exacerbar el miedo y la intolerancia. Lo que verdaderamente arde en las pantallas de este ciclo es ese empuje invisible de la materia que saca de quicio o libera, que oprime o expande el espíritu, invitándonos a descubrir que el cine, cuando renuncia al antropocentrismo, es capaz de desentrañar la hondura más secreta y sobrecogedora de nuestro mundo.
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