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MUERTE Y REENCARNACIÓN: UNA ENTREVISTA A VÍCTOR RAÚL JARAMILLO.

 Por: Andrés Álvarez Arboleda, miembro de Opinión a la plaza, miembro aliado del festival.

Fotografía:Mateo Rivas.

Prefacio

Dos muertes han impactado nuestra mesa de redacción. Una ocurrida en los años ochenta, en Medellín; la otra, hace unos días en El Carmen de Viboral. El nombre de la víctima de aquella era Natasha. Ignoramos el nombre del joven que fue asesinado aquí. El caso es que mientras hacía edición de uno de los textos de Julián Acosta, en el que se contaba el asesinato de Natasha, justo en el párrafo donde se acercaban a ella los dos sicarios motorizados, escuché tres o cuatro estallidos de bala. Luego se escucharon las sirenas de la ambulancia y de los carros de policía, luego se escuchó el tumulto que rodeaba la escena del crimen, a unos doscientos metros de mi casa.
No sabía que a la noche siguiente, en la entrevista que da origen a este texto, conversaríamos sobre aquella mujer. Tampoco sabía que más adelante, en el texto que estaba revisando, encontraría estas palabras: “Entonces usted se encontrará tronando los dientes y con los oídos atentos a las sirenas de las ambulancias o las detonaciones insípidas de un revolver cercano. Se descubrirá respondiéndose: es el destino de todo colombiano”.

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Nos dijeron que Víctor Raúl Jaramillo, ‘Piolín’, el vocalista de Reencarnación, estaba tomando café en una esquina cercana. Una voz profunda, con matices de fierro retorcido, hizo que lo reconociéramos de lejos.

–Si quiere conversamos más tarde, ¿qué tal a las siete? –le pregunté.
–Está bien a las siete. Allá estaré. Si se me olvida, me llaman. Solo dos preguntas: prepárenlas bien.
Ya sabíamos que iba a ser una entrevista difícil, ¿sobre qué cosa podríamos hablar con él, que no estuviera ya escrita? Preparamos café. A las siete menos cuarto, antes de que termináramos de disponer los asientos, Víctor estaba entrando en la Sala de Lectura José Manuel Arango.

– ¡José Manuel! Él fue mi profesor de lógica simbólica, hace muchos años… –Luego de tomar asiento miró, incómodo, de lado a lado– Sin embargo, hay un problema muy grave de estar aquí: no puedo fumar.
Todos nos reímos y a continuación improvisamos una sala de entrevista casi al descampado, en uno de los corredores de la Casa de la Cultura. “¿No son capaces de sentarse en el piso? Ustedes están jóvenes. Sentémonos ahí”, nos había dicho, pero ya habíamos instalado las sillas y la butaca que haría las veces de mesita de centro. Yo empecé la conversación:

–Víctor, ustedes comenzaron a tocar metal en medio de la precariedad, ¿cómo consiguieron los primeros instrumentos?
–¿Ustedes han tenido conocimiento de ciertas historias familiares donde la camisa del hijo mayor pasa al que le sigue, y luego al que le sigue, y luego al que le sigue, hasta quedar en un trapo que sirve para limpiar la cocina? Con las bandas de esa época ocurría la misma cosa. Las bandas que estaban conformadas por muchachos de mejor fluidez económica, digámoslo así, iban pasando la posta: a ellos le comprábamos los instrumentos o se los pedíamos prestados para ciertos eventos. Además había un ensayadero que quedaba por Laureles… No, cerca de Simón Bolívar. Allá ensayábamos todos. Había una batería de cuero de vaca que se destemplaba en la primera canción, los platos sonaban peor que la tapa de una olla, y al final todo sonaba terrible. El hombre del ensayadero también se había conseguido una guitarra, un bajo, hasta que se tuvo que conseguir un revolver porque le estaban robando las cosas. No recuerdo su nombre, a mí siempre me falla la memoria, ya no me hace caso.

–Hagamos como si la memoria no te fallara, como si te hiciera caso –continuó otro de los entrevistadores– ¿recuerdas cómo empezaste a ser músico, cómo inició todo tu contacto con el género?
–De eso sí me acuerdo muy bien porque lo he repetido en todas las hijueputas entrevistas [risas]. Yo estaba jugando fútbol, tendría nueve o diez años, cuando pasó un hippie y me dijo: “usted tiene magia, le voy a regalar este casete”. Me fui a escucharlo a la casa y ahí nació el veneno. El casete finalmente quedó enredado por todas las ventanas de la cuadra. Pero a partir de ese encuentro, con dos o tres amigos del barrio, empezamos a visitar a otro sardino que vivía al lado de la Salsamentaria Yo-no-se-qué y que tenía un papá aficionado a Kiss. Además de que este señor tenía la música de la banda, para incentivar el gusto en su hijo le compró todos los muñequitos que se conseguían por esa época. Kiss tenía esa particularidad de ser muy cercana a lo infantil, incluso en la música. No en todas las canciones, claro [sonríe irónico]. Así, primero Kiss, luego otras bandas que empezaron a sonar en las emisoras. Recuerdo lo que en La Voz de la Música llamaban ‘cascadas musicales’, donde enfrentaba por ejemplo a Camilo Sesto contra Julio Iglesias. Un día pusieron a pelear a Camilo Sesto contra Black Sabbath, y ganó Black Sabbath: fue una derrota contundente, nunca se había visto en la emisora una derrota de tal magnitud, y –de ahí en adelante– siguieron sonando solamente rock [Pausa]. Una cosa muy particular fue que una tía, hermana de mi mamá, escuchaba The Police, los Beatles, Zeppelin, cosas así. La serenidad no le llegaba hasta Black Sabbath. Sin embargo ella me regaló más casetes y me presentó más bandas, hasta que un día le pedí que me ayudara a conseguir un equipo porque en la radio cada diez segundos salía un anuncio que decía “ésta es la emisora tal” o “recuerde que estamos en este programa”, y no dejaban escuchar ni mierda. Entonces me dijo: “usted se tiene que preocupar por conseguir la música, lo que no compre hoy no lo encontrará después, el equipo llegará algún día”. Y a los diecisiete años me vine a conseguir el equipo.

En ese momento llegó el café a nuestro corredor. Lo esperábamos, helados. Desde el inicio de la entrevista el viento moraba entre nosotros y traía en sus ráfagas los truenos de una banda de metal –de fundación reciente– que como muchos de mis coetáneos habría escuchado a Reencarnación con el asombro incitador que Víctor Raúl Jaramillo había escuchado el primer casete.

–¿Esas dificultades a la hora de conseguir la música, ensayar y grabar los discos, terminó funcionando como uno de los elementos estéticos de Reencarnación? –le pregunté.
–Sí, terminó funcionando así, aunque nosotros nunca nos lo propusimos. Las herramientas técnicas para grabar eran entonces precarias, muy precarias, así que no podíamos sonar como las bandas que se estaban formando en Europa o en Estados Unidos. Entre otras cosas, aquí nunca se había grabado metal y ningún ingeniero de sonido estaba preparado para hacerlo. Por ejemplo, el primer demo de Masacre yo lo grabé con Toño en una casetera de cuatro canalitos [dibuja en el aire la forma del aparato] que no daba sino problemas; o cuando sacamos nuestro primer disco se quemaron dos canales de la consola. Además uno grababa desafinado, no sabía del todo cómo estaba sonando, no había educado todavía el oído. Lo hacíamos solamente porque había qué hacerlo. Entonces, claro, eso generaba una particularidad en el sonido –coherente con una necesidad nuestra– que no se había logrado en ningún lugar y que intentarla emular sería un fracaso. En Pentadrama, que fue el EP que grabamos en octubre del año pasado, intentamos volver a esos sonidos y, aunque hay cercanías, no se puede llegar a lo mismo; empezando porque hoy es muy difícil encontrar un estudio de verdad análogo, donde no haya absolutamente nada digital.

–Cuando habla de esa necesidad, de lo que había qué hacer desde la música, ¿se refiere a enfrentar el contexto de pesadumbre de la Medellín de los años ochenta?
–Exactamente. Nosotros tocábamos porque era la única manera de salvarnos de la muerte. A otras personas también les apasionaba el rock pero no tenían sobre ellas, oprimiéndolas, el cerco del crimen. Nosotros en ese momento teníamos la necesidad de pensar una familia, una estructura social diferente; ellos estaban pensando en figurar como rock stars. Eso creó una división muy fuerte, casi hasta nuestros días, que en 1985 se hizo patente e irreconciliable en la ‘Batalla de las Bandas’: lo underground contra lo comercial. Un evento ciertamente muy mal planificado. Imagínese nada más el nombre, en una época en la que todo el mundo estaba envuelto en la guerra, en una violencia intestina. Y como el premio para la banda ganadora era la grabación de un LP, un larga duración, las bandas y sus seguidores íbamos era a matarnos. Cuando tocó Parabellum, todo se desbordó. Incluso recuerdo que había un travesti bailando en la tarima y todos empezaron a tirarle cosas desde abajo. Hubo daños. Todos se desbordaron, nos desbordamos. Y aunque, sin duda, para el público Parabellum había ganado, unos meses más tarde apareció el LP de Kraken, cuando Kraken ni si quiera había tocado.

–Por lo que nos ha contado hasta ahora –intervino Danilo Garcés–, mal que bien, parecía que en esa época era distinto el diálogo entre el escenario y el público, era una relación más orgánica, más ritual. ¿Esa relación ha cambiado ahora?
–A ver… pongamos un ejemplo antropológico, el nacimiento de una comunidad. Hay un círculo en torno al fuego, todos se miran, y de pronto alguien saca un tamborcito y comienza a cantar [emula unas voces tribales]. Luego los demás le siguen en el canto. Eso sigue pasando hoy, solo que las dinámicas, cada vez más, adquieren un sentido singular, subjetivo, individual. Digamos que esto ha sido parte del desarrollo mismo de la humanidad. Lo que sí resulta grave es que se les lava el cerebro a los espectadores, y a todos, haciéndoles creer que son libres: si se les da todo lo que piden, luego no exigirán nada. Esa individualización evita que surjan nuevas resistencias y se mantengan las viejas corrupciones. Mientras en el Congreso están buscando cómo embaucar o cómo entregar las riquezas del país, cada uno está feliz viendo un partido de fútbol el hijueputa o viendo la telenovela.

–En este sentido, ¿qué valor puede tener un evento como el Víboral Rock para romper estas dinámicas nefastas? Si usted considera que estos eventos tengan algún valor, claro.
–Yo sí creo que hay un valor. Justamente devolver el sentido de encuentro a la música. En estos eventos se conoce a otras personas, se crean vínculos y se fortalecen redes. Sin estos ejercicios de hermanamiento es más factible que esas cosas terribles ocurran. También son importantes estos eventos para la actividad creativa. Todavía el ser humano aprende por mímesis, es como un espejo, y cuando ve que otros están haciendo buena música, aprende. Mire este ejemplo: en una familia donde los padres son lectores, el hijo va a crecer con un interesante derrotero de la lectura; en una familia donde hay violencia, hasta puede que crezca un sicario, un drogadicto, un borracho, un demente. La música misma puede ensañar muchas cosas. Por eso la música, el arte y la poesía necesitan de maestros, y no creo que las cosas puedan ser tan autárquicas. Alguien solo no puede nada. Necesitamos al otro, así sea para descargarnos.

–¿Esa no es una gran responsabilidad para el músico? Sobre todo en el caso de ustedes, de Reencarnación, una banda que ya es legendaria en el metal local.
–¡Claro! Alguien te dice: yo crecí con lo tuyo, tengo todos tus discos. Y eso también es algo muy peligros. Te están escuchando. Así que ojo con lo que decís, ¿cierto? Pero también implica un ejercicio envenenado: vamos a decir esto a ver qué pasa. Uno juega con la gente que lo está escuchando [Reflexiona]. Cuando grabamos el Egipto, descubrí que una cosa es lo que se propone quien hace la música y otra cosa es lo que aprecia quien la recibe. Es el lenguaje. Y en el lenguaje empieza ese difícil asunto del malentendido. Por eso existe la hermenéutica, el sentido, los contextos. Sin embargo, algo que me he propuesto con la música es enseñar, así sean muy locas las cosas que hago. Que por lo menos la gente se pregunte: este está guevoneando o está loco o lo que dice es de verdad. Crear un poco de conflicto en el otro es importante.

–¿Y sí se ha logrado –preguntó Salomé Soto– a partir de ese hecho individual de la creación alcanzar algún tipo de resultado social, crear una influencia?
–Eso es muy difícil de decir con certeza. Pero creo que algo se ha logrado; si no, no estaríamos aquí, charlando. Al menos para mí sí se logró algo [Enciende, por fin, su cigarrillo]. Hay una cosa que solo he compartido con una persona, tal vez lo escribí alguna vez: en cierto momento tuve un intento de suicidio. En medio del trabajo de meditación, para llegar al acto, me vi reflejado allá [señala con la mano], en el fondo, como un ser viejo y rodeado por muchos sardinos escuchando las historias que yo les contaba. En ese momento dije: eh, qué guevonada. Sin embargo, eso no fue lo que me detuvo. Cuando ya estaba a punto de… entraron mi pareja y mi hija. ¡Ay marica! Las miré, me pregunté: ¿y ahora?

En ese momento se hizo el silencio, en el ámbito de la entrevista y en la tarima, ¿ya casi sería el turno de Reencarnación? Víctor Raúl aspiró largamente el humo del cigarrillo.

–Víctor –volví a hablar después de un rato–, tengo la sospecha de que esa relación suya con la música, movida siempre por la necesidad, es lo que hace que las presentaciones de Reencarnación sean más bien esporádicas. ¿Estoy en lo cierto?
–Sí… ¡sí! [Ríe]. Yo no estoy en el circuito de la música porque esté en una banda, y la banda tenga que mover dinero o sea un ejercicio de marketing. Eso funcionará para otros, y hasta les funcionará bien, allá ellos. Pero a mí me interesa un asunto más visceral, de emoción, de es el momento justo. Me pasa también en la escritura. Lo que estoy escribiendo tiene que ver con lo que me está pasando en este momento.

–¿Nos podría adelantar algo de lo que está escribiendo?
–Ahora estoy terminando un libro de relatos, Relatos de pluma y plomo, que surgió hace dos años y medio. A veces, cuando estoy trabajando, pongo en Youtube una lista de reproducción de música clásica, de jazz o de música étnica para darme una cierta atmósfera. De pronto, apareció dentro de la secuencia un audiolibro de cuentos Zen: “¡Jueputa, oí eso!” Apunté algo de lo que ahí estaban contando y así nació el libro. Empecé a reescribir algunos cuentos, a inventarme otros. La primera parte, los relatos de pluma, tienen que ver con la sabiduría, incluso tienen cierta moraleja. Un amigo se burló: “no güevón, vos a estas alturas de la vida, con moralejas”. Y yo le respondí: güevón, ¿pero qué hacemos pues? [Risas]. En la segunda parte, empecé a retomar algunos relatos de un texto que escribí hace tiempo, Mensajes para ninguna botella, unos de tono humorístico y otro que establecía una relación con el Asterión de Borges. Luego, fueron apareciendo otros relatos que tenían que ver con Kafka o con Kant o con el Ulises, y ya van más de ochenta páginas que estoy intentando publicar [Mira la hora].

–Al parecer –dije en broma–, le hemos hecho más de dos preguntas.
–Está bien, solo nos pasamos diez minutos –rió Víctor Raúl Jaramillo–, abónenme esa gratuidad.
–Sin embargo, me queda una inquietud final. Es claro que el metal, sobre todo en los años ochenta, escandalizó a los sectores más conservadores de esta sociedad: ¿Alguna vez, personalmente, usted se ha sentido censurado?
–Sí, claro: a mí me intentaron matar varias veces. Cuando salió el LP, yo vivía rodeado de un grupo de rockeros, de punkeros incluso, y me empezaron a acusar de estar formando una banda de marihuaneros. En ese momento funcionaba algo que se llamaba el D.O.C., Departamento de Orden Ciudadano, y efectivamente me dijeron que me tenía que ir de Envigado. Al principio yo no iba a hacer caso, pero a los días mataron a un amigo: no tuve otro remedio que empacar. Otra vez me tocó estar encañonado con un arma –“te quedás quieto hijueputa que te vamos a matar”– y no sé como logré zafarme y salir huyendo, mientras los disparos pasaban muy cerca. Finalmente, aunque la cosa no iba directamente para mí, en un concierto en Guayabal hubo una muerte muy recordada por los metaleros de los años ochenta.

Los entrevistadores nos lanzamos una mirada, adivinando la muerte que Víctor Raúl nos iba a contar.

–La muerte de Natasha –confirmó–. Llegaron al concierto dos tipos muy trabados por el bazuco y le exigieron a ella, que estaba en la taquilla, que los dejara pasar. Ella les dijo: “Esta es una cosa diferente, aquí no pueden entrar”. A la salida, esos mismos manes en una moto la quebraron a balazos, a cinco metros de nosotros. Echamos a correr, logré empujar a algunos amigos detrás de un carro estacionado y me intenté subir a una escalera. Pero la verja estaba cerrada. No sé por qué, a pesar de que me miraron de frente, empezaron a disparar hacia el carro. A una amiga le quedó el plomo pegado de una correa; si no la tuviera puesta, la hubiera matado. Ese fue el primer concierto de masacre.

–¿Y a través de la música ustedes cuentan esa historia, que a muchos de nosotros no nos tocó?
–Es un medio, por supuesto, pero la historia es una ficción…

Tomó un trago profundo de Whisky:
–¡Nos vamos!

 

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