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Teoría de las ondas fugaces y revolución estética del sonido en el Víboral Rock

Por Elizabeth Jiménez Gómez

“La convivencia entra la ciencia y la literatura ha sido casi siempre difícil. Tal vez porque la ciencia ha mirado con desconfianza el desborde imaginativo, íntimo, de lo literario, ante el que no es posible cuantificar la experiencia, o porque la literatura, frente a la obvia eficacia de la técnica, ha concebido la ciencia como su más elemental adversario. Más ahora, la ciencia ha mostrado con suficiencia, su potencia transformadora de la historia.”

Alonso Sepúlveda. Estética y simetrías.

Es sabido que para que una manifestación artística se convierta en una manifestación cultural reconocida y quizás admirada, es porque ha habido en su procedencia unos experimentadores que anticiparon una teoría en la cual esta se puede sustentar y perfeccionar a través del tiempo. Es indispensable, antes que nada, que sepamos que el sonido se rige por las reglas de la naturaleza y por las reglas de la sociedad; las primeras ponen al descubierto y describen su ser musical y su adaptación en el espacio y el tiempo y las segundas las determinan como arte, por lo tanto, es justamente la conjunción entre ambas la que llega a crear toda una filosofía musical. El festival Víboral Rock – Bandas y Cultura Rock, le ha apostado todos estos años a fundamentar un “arte sonoro” que muestra el papel importante del sonido y cómo este ha evolucionado a una diversidad de nuevas frecuencias sonoras y al mismo tiempo reconocer que representan una expresión ideológica en la identidad de un territorio. Por lo tanto, el Festival ha abierto una reflexión acerca de cómo reconocer su posible relación con la percepción del espacio y la construcción de sensaciones.

El sonido es naturalmente una onda que se convierte en sensación cuando se tropieza con el oído. Es justo el movimiento vibratorio de los cuerpos el que produce esta transformación de energía. La forma en que percibimos estas vibraciones depende de la intensidad y la potencia con la que son emitidas, por lo tanto, para que nuestro estremecimiento “sonoro” aumente, las oscilaciones deben aumentar en una proporción exacta entre espacio y tiempo. Cuando hablamos de música estamos hablando de repetición de ondas que recrean una anatomía de voces y ritmos, gestos y actitudes por eso ocupa un puesto singular entre el lenguaje y las artes. El sonido actúa como un elemento que ocupa todo el espacio y se amolda completamente a él, ajustándose a sus medidas más variables y así aprovecha la materia para moverse, pero no es materia, entonces, si entendemos el sonido, como “energía que se moviliza en el espacio” y genera vibración constante a su alrededor, el Festival, que es el arte de organizar esos sonidos, debería ser entendido también como la composición de colectividades vibrantes, resonando a las mismas frecuencias.

Por otro lado, en las reglas de la sociedad, el oído puede ser considerado como uno de los sentidos más nobles, pues no se conforma con recibir pasivamente la información, sino que la modifica de acuerdo a la realidad que nos rodea. La percepción de los sonidos e incluso las sensaciones que nos generan, son una creación individual en función de las situaciones personales, memorias, experiencias y hasta necesidades. Cuando escuchamos sonidos rítmicos, nuestro cerebro es capaz de interiorizarlo de una forma tan profunda que los percibe como interiores al propio cuerpo, creando así un vínculo intenso con la información que nos brinda la realidad.

Una de las características más bellas del sonido es su carácter efímero. Aquí, la memoria y la representación estética juegan un papel fundamental en la creación de emociones a partir de él. Es la memoria la que inmortaliza la energía que transformamos y convierte esa repetición de ondas fugaces en una armonía continua y uniforme. Mientras que la visión nos limita, por tener un intervalo de enfoque restringido, el sonido nos sumerge en el espacio porque es omnidireccional, nos permite ir más allá y crear nuevos límites que ya no son visibles, porque no escuchamos solamente con nuestros oídos sino con todo el cuerpo.

Hay entonces en el enlace entre estas características algo fundamental: el sonido, como música, configura una forma de vida marcada por la satisfacción, por lo que consideramos bello, noble o interesante. El Festival reconoce que, aunque cada uno de sus procedimientos pueden ser movidos por distintos principios finalmente termina articulándose en diferentes ámbitos, por lo tanto, parte de un conocimiento pasional unitario que genera principios estéticos comunes. Estos procedimientos están determinados principalmente por sus contenidos, ellos son los que le dan un sentido propio a la razón estética que permite que cientos de personas entren en consonancia rítmica.

El sentido de la historia de un festival debe ser filosófico, preguntarnos antes que nada por qué existe y de qué necesidades nace, debe ser posible determinar la incidencia del pensamiento colectivo en su música y al mismo tiempo la incidencia de esta en su ideología local. No queda sino entonces preguntarnos ¿qué clase de trascendencia ejerce el Festival en el acontecimiento estético material de las personas? El hombre se sincroniza con el otro por su “cadencia rítmica” y esto se traduce en una memorización de sonidos que se manifiestan luego en actividades culturales de lenguajes y ritos. En la antigüedad se asociaban sonidos particulares con elementos fundamentales y que daban origen a la vida, lo que en la actualidad se ha desarrollado como la necesidad de elegir sonidos como estandarte de nuestro propio origen y más aún, de una transformación colectiva.

Ahora, aunque la música tiene una universalidad subjetiva, es necesario dotarla de una “materialidad musical” con un contenido narrativo, imaginario o ideológico específico, que le brinde una autonomía que particularice unos sentimientos y una reflexión determinada y en este sentido, el Festival ha escogido la voz, los movimientos y la composición en estrecha relación con el golpeteo salvaje de su melodía, cuya única virtud “ha sido alterar los ritmos cardíacos con el fin de producir una alineación pura”. El Víboral Rock es una organización espacio-temporal de objetos sonoros con una finalidad artística. Este nos ha permitido hacer un estudio de la naturaleza de los paisajes sonoros presentes. Un buen festival debe ser capaz de conjugar con delicadeza las representaciones sonoras con sus leyes energéticas, logrando conseguir el volumen y la forma exacta del orden físico, para que todas las sensaciones que sea capaz de crear sean equilibradas, aquí las simetrías y las asimetrías pueden ser dos caras del mismo equilibrio. Participar en el Festival es jugar de manera inocente y sin prejuicios con las cualidades inmateriales de los sonidos y hasta del pensamiento y es lo que nos ha motivado a seguir explorando nuevas formas, sensaciones, materiales y hasta leyes físicas.

Hay algo sutil pero fundamental cuando se habla de festivales musicales y es determinar el papel que juegan sus interpretaciones en la determinación de significados, no solo pensar en ellos como una interpretación musical sino también como responsables de determinar una tradición. Es por esto que contamos con varios festivales con diferencias radicales y aunque todos tienen un principio fundamental, el sonido, todos cuentan con influjos de opiniones, actitudes artísticas y subjetividades incomparables y aunque en algunos casos presenten enlaces perceptibles, sus arquetipos son únicos. Las experiencias musicales deben ser sentidas y para muchos no pueden ser descritas por el lenguaje y aunque el Festival ha permanecido en constante renovación para crear un horizonte cada vez más amplio el objeto intencional siempre ha sido generar una respuesta emocional que le dé un valor estético a las identidades de todos los participantes.

El Festival es un gran instrumento que mezcla los sonidos, los amplifica y los transmite a todas partes y en todas direcciones, logrando conmover y emocionar la atmósfera que nos reúne en un lugar común, llenándola de espacios multisensoriales, cuya principal función es estimular la relación entre la música y la experiencia musical que se manifiesta en todos nuestros sentidos. El Víboral Rock ha sido para nosotros una construcción en la que escuchando música producimos ensoñaciones románticas que cada quien según su vivir realiza. Cuando hablamos del Festival nos referimos a la superioridad del oído sobre los otros sentidos, pero es tan inmaterial que no existe más que en las sensaciones, cuya única intención ha sido fijar ideas en las almas de todos aquellos que, año a año, hacemos parte de una creación colectiva de representaciones formidables.