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36 horas de estar muy salsa – Ganador III Premio de Crónica Carlos Jiménez Gómez

  • Fecha de publicación: 25 agosto, 2026
  • Fecha de modificación: 5 horas
ganador crónica 2025

Por: Yuber Torres

Divagar. Vagar, errar, deambular, merodear, perderse y desviarse. Me gusta ese verbo y todo lo que borrasca consigo. No crean que es cualquier verbo, porque para divagar se necesita tiempo. Aquí sobra y se estira como una galaxia niña. Treinta y seis horas, dice el habeas corpus. Treinta y seis horas no son nada en un día común, distraído entre pantallas o viendo pasar la vida desde una banca del parque. Pero treinta y seis horas esposado, en una banca de lata helada, con una cadena de medio metro que sólo permite estar de pie o sentado, transforman la percepción del tiempo y el movimiento. Una cosa es la onda, otra es la partícula dice la cuántica. Yo soy la partícula: esa masa cubierta por piel quemada del sol, y casi metro setenta de estatura, que llega como capturado al CAI del Porvenir por comprar una moto robada. Otra, las ondas que empiezan a interactuar con esta masa aburrida, las ondas de 14 presos más, unos sentados como leprosos, otros acostados bajo las sillas, otros más como hienas, paran la oreja, respiran en mute, atentos al mínimo ruido.

¿Por vagos? ¿Por pobres?

Se acerca un rostro amable. “Subintendente García”, alcanzo a leer en su placa. — Vea pa’ que llame y le traigan cobija e implementos de aseo, y pa’ que se le lleven todo lo que tenga en el bolso — dice. Asiento. Me miran. Por más malo que uno quiera mostrarse, por más que infle el pecho y tense los músculos, sólo la cercanía a la muerte, los picos de rabia tallados en el entrecejo, las cicatrices de la noche alta, la tristeza mal llevada, las peleas, los demonios que invaden de oscuridad al ser humano y el hambre… sólo eso esculpe verdaderamente el rostro de un bandido del bajo mundo. Para evitar los mirones, le pregunto al viejo que tengo al lado qué hizo. El hombre, con ojos de perro triste, responde con vergüenza, amagando pa’ hablar: —Anoche me puse a discutir con la mujer y me ganó la rabia, yo le di duro… y ella también. Una vuelta bochornosa hermano. —¿Cuál vergüenza? La próxima la mata y ya —interrumpe “Hombrearaña”, un pelado de no más de veinticinco años que intentó volarse de la audiencia por la ventana y lo recibieron los arbustos. Ahora es el dueño de una anécdota divertida.
La cana crea un ambiente de solidaridad, de admiración, porque todos son guerreros si la aguantan. Lo dice uno con orgullo, no tanto por las causas que lo trajeron hasta aquí, sino por resistir las consecuencias. En este encierro, lo que uno hable, lo escuchan todos.

A esta hora — 2:55 de la tarde—, un hombre de estatura mediana, calvo y con cara de budista, sin camisa y descalzo, el único sin esposas, curiosamente, reparte los almuerzos en cadena, encadenados. Para botar la basura, la misma dinámica. Del baño llega Barrabás. Lo sientan a mi lado. Barrabás ronda los treinta y lo cubre una maraña de pelo descuidado que cae hasta los hombros. La cal se cae a pedazos de las paredes. Las humedades reptan sin vergüenza. Las ventanas parecen haber sido atacadas muchas veces: sólo quedan fragmentos de lo que alguna vez fueron.

— ¡BUENO! ¿Quién más va al baño? ¡Que yo no puedo estar corriendo con ustedes cada que quieran! —habla fuerte el tombo zarco, mientras busca las llaves de las esposas.
El Chinga y Farruko se ponen de pie. Ahora los une la cadena. Decido anclarme a ellos, porque no sé cuándo será la próxima oportunidad para ir al baño. Me esposan en medio de los dos. Atravesamos el patio. Nos arrea una auxiliar muy linda y un Cabo. El chinga entra de primero. No hay puerta, pero no le importa. Se baja los pantalones y, del principio del culo, se saca un pucho de marihuana. Lo prende. Y mientras fuma… caga. Yo entro y orino.

Al volver, ahí está Don Raúl —el que peleó con la mujer, si, ese—. Le pregunto cómo le fue y me responde que la fiscal le mandó unas terapias con la esposa y la hija, le advirtió que, si volvía a tener problemas de ese tipo, iría directo pa’ la cárcel. —¡Uy, al menos, viejo!— le digo.

La mayoría están amodorrados. Muchos con la cabeza escondida bajo las sillas y las bancas, porque las cadenas no les permiten acomodarse mejor. Don Raúl piensa, mira al suelo, como queriendo que lo escuche, dice: —¡Aghh!… la señora debe estar preocupada. Qué vaina.

Aprovecho el silencio criminal para fantasear. Porque quiero entender cómo se llega hasta aquí, ¿En qué momento las palabras dejan de alcanzarnos, de un lado o del otro, para sobreponerse y ganar dominación? ¿Cuándo el aliento del otro se vuelve insoportable, nos sabe a animal muerto? Dormimos en camas separadas, y nos hierve la sangre y esa persona con quien coqueteamos y nos embutía el esófago de mariposas y nos despertaba pasiones tan intensas y desconocidas, el licor, los mejores días, esos días llenos de nalgas y besos, de sudores y regalitos, de música romántica y horas eternas bajo la luz, días de enamorados que se fueron diluyendo en un resentimiento inentendible, como si le echaremos la culpa al otro por haber dejado de sentir lo mismo. Hastío, “monotonía, monotonía, mi corazón, si sigo aquí…”

—¿Tintico o qué, muchachos? Por fin conozco la voz del Buda, a quien llaman “mi mayor” con respeto. —Hágale— Entonces rota lo que parece una resistencia de ducha, con un cable pelado de luz. Manda a llenar un recipiente con agua y vuelve a girar el artefacto improvisado, que aclaro, en este pueblo no es nada potable el agua. Pasa media hora en silencio. Casi todos duermen o se sacan los mocos, o se rascan las pelotas desesperados por los ácaros. El agua ha hervido. Hay tinto. Siento retorcijones. No recibo la comida de la noche: frijoles trasnochados, carne huesuda y plátano derretido. Me llaman a rendir indagatoria. Un sistema ineficiente, donde me preguntan las mismas cosas, en distintas oficinas. El man encargado de la investigación es de la Sijín. Tenía una alta expectativa de encontrarme con alguien ágil de mente y cuerpo, pero me encontré con un tipo inexperto, que cometía errores y volvía a empezar la preguntadera, imprimía, se equivocaba, los compañeros le decían: —usted si es estúpido, García— con acento rolo.

La repugnancia crecía en mí, allí sentado. La luz amarilla, las paredes sucias, y un otro comandante de la sijín le gritaba a su esposa: —¿dónde hijueputas está?¿Por qué no me contesta…?. Otros hacen chistes con mi caso y me preguntan si la cédula también la tengo falsa, y otro se atreve a decir que hasta la mamá la debo tener falsa. Me toman fotos al derecho y al revés, me preguntan incluso el alias, y un tombo sin ser requerido, agrega: póngale ACNÉCOSO ¡jueputa! es que si me voy creyendo esto de ser un criminal desde hoy. Regreso a la banca y es de noche. Colchonetas parecen haber florecido de los cuerpos agotados. El Luis, un crespo que siempre está contento con ganas de perrear y mover la cadera con rumbas que guarda en su cabeza o que mantiene durmiendo.; ese Luis me ofrece una cobija para que ponga sobre la colchoneta hediondamente pintada por un artista de mierda abstracto. Literalmente.

El tombo zarco entrega su turno a un subintendente de uniforme color aguacate desteñido. No puedo evitar relacionarlo con Barney, el de los simpsons. Llega pisando fuerte, se cubre medio rostro con un pasamontañas, e intimida con sus ojeras corridas como de mimo triste. Aprieta esposas con placer, parece disfrutar imponerse. incomodar a todos mientras requisa el lugar. Se sienta cerca al viejo buda y le pide un incienso que introduce en algo parecido a una narguila. Detesta dormir con olor a pecueca. Luego trae un parlante y el buda le pasa una memoria. Estoy sentado en posición de loto, mientras todos duermen, menos El chinga y Barrabás, que no ha dejado de contarme historias todo el día sobre su primer robo a los ocho en Carulla y cuando su mamá le dijo que ya volvía y nunca regresó, y sobre las cartas y dibujos del gato garfield que le hacía a las noviecitas, y sobre “que chimba una noviecita bien juiciosa e inteligente”, sumirse en una alucinación y resurgir diciendo: que rico una lasagna de las que venden en La pola. Porque fantasear es el juguete de este niño confundido metido en el cuerpo de un personaje sacado de Dostoievski.

¡Pongan reguetón! —dice Barrabás, mi cuerpo se rasca de alergia. Pero Mi mayor buda no para de sorprenderme. Por los poros del parlante comienza a salir la voz paternal de Rubén Blades. Entonces me doy cuenta que muchos no pueden dormir, pero el único que no logra disimularlo, es La Chinga, a quien lo mata la abstinencia a esta hora y le pide un minuto al cabo pa’ llamar a la mamá de nuevo. Suena apagado, la auxiliar de turno se lo regala.—¡Eghhh!, pero si mi mamá nunca apaga el celular… —Apenas le haya pasado algo. Es en ese momento que lo veo llorar y se cubre con una bufanda. Aquí está prohibido sentir, o al menos demostrarlo. Es la selva, se es fuerte o se hace más difícil vivir. Aunque a veces creo que están aquí justamente por eso: por evitar sentir. El subintendente le sube el volumen y suena el Himno en la cárcel, y cuantas veces he escuchado esta canción y apenas vengo a entenderla. “Yaaaaa las tumbas sonnnnnnnn crucifixión/ Monotonía, monotonía, cruel dolor… Si sigo aquí, enloqueceré” La percusión le da entrada a Mi mayor, El Buda. Se pone de pie y empieza a bailar en su puesto. Canta mejor que Willie Colón. —Luisito— le grita alguien, y el cuchito agarra un incienso, lo enciende y baila con él. Lo riega por todo el cielo del calabozo y se echa sus pasos, está feliz, cierra los ojos: — Que chimba dar bala con esta música, Parce— Agrega Farruko. Un haz de luz en la punta del incienso lo hace ver como un chamán penitenciario, porque es un man que busca razones para estar feliz adentro o afuera, que no tiene familia, pero se aferra a lo mínimo que le genere placer. Se me ocurre que por eso estos panas logran pasar años encerrados: porque tienen calle, son adictos a la adrenalina de huir, de pelear, de mirarle la cara a la muerte. Mi teniente Barney, al vernos entonados, le sube el volumen al parlante. Suenan las trompetas. Wayne Gorbea entra con fuerza —Ahora verán que estamo salsa… estamos en salsa sabrosa…” —cantan los que se la saben. Llega un cabo, molesto: —¡Que le bajen a esa vaina que Mi Mayor está durmiendo al lado!. Mi teniente le baja dos rayas. Tampoco tanto, pues. Mi mayor baila. Todos cantan. Afuera, el mundo se reduce al sonido del aguacero. Tengo una cobija delgada encima, pero la música, la lluvia y el cuchicheo entre el subintendente y La Chinga —hablando de chimbas de la 33, o farrear en tal y cual parte en Medellín —me distraen. Me salvan del frío. —Cómo es de bueno dormir con frío—anota Farruko.

La música queda en segundo plano, opacada por el aguacero. Son las tres de la mañana y Barney le habla a los despiertos para que se vayan a bañar. Barrabás ronca y aprovecho para dormir. No confío en él. Abrazo un sueño de una hora, siempre alerta. Mi cerebro se apaga pero no del todo. Dejo de oír sus ronquidos, hasta que despierto con su mano delineando la silueta de mi cintura.

—Hey, mostroooooo, no me vas a meter la mano que te la voy cagando”— responden mis nervios. El loco se ríe. —No te duermas. A mi me gusta arrancar orejas —me dice. Entonces me quedo despierto. Las esposas me ahorcan. Sólo puedo dormir hacía a un lado, porque del otro me devuelven las cadenas. Un retorcijón alerta mi amenaza. Aquí se duerme a pedazos, como un soldado en mitad de la guerra. La madrugada avanza lenta, como un mal sueño. La radio profiere 5-8’s, 5-4’s y 5-9s. Barney molesta a una auxiliar: —Miamor, ¿Usted por qué se metió a la policía? usté tan inteligente, estudiada… Pronto anuncian cambio de turno. Recogemos las colchonetas. Mi mayor barre, trapea y saca la basura al patio: todo un señor. Tengo el corazón sereno, pero el estómago tremendamente pesado. Le pregunto al cabo si ya sabe algo de mi caso. —Eso depende de la fiscalía. Que espere. Entonces me trepa la ansiedad, se sienta en mis rodillas inquietas. Alguien pregunta la hora y sólo han pasado diez minutos. El cambio de turno es una pesadilla estimulante, agotadora. Comienzan a caminar de un lado a otro, sobre nosotros, veinte o treinta policías de distintos rangos que se encuentran y saludan como si volvieran de un secuestro. Un auxiliar le pasa un bareto largo y mal armado a Andrés. Lo que sigue es silencio. Duermen tanto…¿cómo hacen? El hombre araña le cuenta a mi mayor que le faltan 35 días. —Voy a arrancar pa’ pereira y me pongo a trabajar bien juicioso. Luis entredormido, opina: —Mejor una fiesta bien chimba con mimayor, yo conozco el señor lugar con perras y buena música, ¿Si sabe?.

Cierro los ojos y escucho que dos alguienes discuten sobre cuánta plata se han dejado de ganar, tantos días por tanta plata… ay jueputa. Me pregunto: ¿Entonces no es por falta de plata que terminan encanados? — Duermen unos, despiertan otros—. Mis piernas no paran de moverse. Comienzo a chocar las dos esposas entre si, como un autista. Aprieto los dientes. Mi viejo viene a visitarme y me deja una bolsa con frutas y mecato que reparto entre todos. Él espera, porque el subintendente de turno le dice que salgo temprano. Pero es mentira. Entonces el tiempo pasa. Me mira desde lejos, camina de un lado a otro, nervioso. Barrabás me dice: —Su papá se ve que lo quiere… véalo todo desesperado —agrega Barrabás, en quien he encontrado un alma sensible, intoxicada por años de droga y de esquizofrenia susurrándole alevosamente. No me juzguen. Es que simplemente es imposible que un hombre sea cien por ciento maldad. Que la supure todo el día. ¡Nombe!. Un pitbull callejero conoce los horarios de comida en el CAI. El desayuno llega: salchichón, arepa y chocolate. Vuelve el carro, más temprano de lo esperado con el almuerzo. Sí quiero comer, tengo que ir al baño. Recuerdo los modales de la edad media, que prohibía atacar a alguien mientras estaba acuclillado cagando. Espero que mis dos acompañantes encadenados, conozcan esa historia. Regreso al puesto y me encuentro al chinga exaltado, echando vapor por los ojos, el tombo zarco disfrazado de rabia, poder, ego, violencia, voz alta y rasgada, comandos, y aquímandoyohijueputaysevapalpatiopaquesigaponiendoproblemasolo. Lo encadenan en un poste.

Afuera, la gente que piensa cosas correctas —ese mundo que se siente superior a estos rehenes— se dirige al trabajo, mira a través del cristal, ignora lo que significa la libertad que deja de ser abstracta aquí esposado. —Ahí escuche por la radio que le van a dar la libertad pronto— me dice Mi mayor. Es un poco más del medio día: la calle, la tarde, la modorra, los árboles meciéndose y Barrabas diciendo que que chimba que llovió, que a la tierra le hacía falta, que los cultivos, que es un loco sensible. Afuera, la calle, los cuerpos que andan libres, el smog de la hora pico, comienzo a quedarme dormido sobre mi brazo izquierdo. Cuando despierto son las 6 de la tarde. Se llevaron a Don Raul. Me resigno a otra noche aquí y cuando estoy organizando la colchoneta y la cobija limpia que me trajeron, me llama el tombo Zarco que ya me llegó la boleta de salida. ¡Que chimba parce!—celebran todos, como si el triunfo fuera de ellos. Farruko se me acerca y me entrega un papel con una lista de mercado: panes, frutiño, aromatex, y me dice al oído que le traiga una simcard con datos y la meta dentro de un pan. De una. Regreso con el encargo y el tombo zarco me dice que me vaya pues, que no puedo estar aquí. Me despido. Salgo de allá con una rara sensación de culpa, como si mi cuerpo no quisiera irse, me paro a esperar a mi viejo, pero a ellos nadie los espera, sólo les queda esperar la noche y que los ataque el sueño pa’ achiquitar el tiempo.

Obra: 36 horas de estar muy salsa. Ganador III Premio de Crónica Carlos Jiménez Gómez – 2025.

*Cien gramos de cabellera igualmente peinada desde la infancia. Treinta y tantico años, un mes y contando. Diez años de docente de idiomas. Cinco profesiones en la vida. Dos borracheras. Ciento venti tantos municipios. Tres amigos que poco me hablan. Una conciencia parlanchina e imprudente que fácil se aburre y que escribe cada que quiere ser otros. Cuatro tazas de café diarias. Inmune a la ruda. 

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