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Por: Andrés Álvarez Arboleda. Miembro de Opinión a la plaza, medio aliado del festival.

Fotografia: Fabian Rendón Morales.

Durante los años sesenta, mientras en la escena roquera de los Estados Unidos y de Europa occidental tenía lugar la efervescencia del hippismo, los movimientos por los derechos civiles, la libertad sexual, y las protestas contra la guerra del Vietnam; en Colombia comenzaban a aparecer las primeras guitarras eléctricas y en las principales ciudades los jóvenes fundaban bandas sin ningún conocimiento musical. Muchos aprenderían en el camino y se convertirían en grandes virtuosos. Pero, a diferencia de los jóvenes norteamericanos y europeos, quienes gozaban de un cierto contexto de libertad, los jóvenes colombianos estaban siendo cercados por un ambiente de autoritarismo y violencia: era el inicio del Frente Nacional y el conflicto armado estaba en ciernes. Desde luego, también fueron épocas de resistencia cultural, y muchos de estos grupos de rock emergentes fueron inspirados por el nadaísmo.

Esos pioneros, entre los que recordamos a Los Yetis, Los Speakers, Columna de Fuego y Génesis, sembraron el germen de un género que sería testigo de atrocidades sociales, corrupción política y muerte. Los años venideros iban a ser más siniestros. Los grupos insurgentes se estaban expandiendo por todo el país, y el Estado de sitio campeaba imponiendo graves límites a las libertades civiles. Así, también las resistencias roqueras se iban a radicalizar en su propuesta estética. Esta radicalización, por supuesto, no fue bien recibida por las disqueras en la década de los setenta, que establecieron un veto sobre las expresiones roqueras y entorpecieron la difusión de las bandas. Y solo hasta los años ochenta inició una nueva emergencia de músicos, conciertos y discos, con una escena muy variada en subgéneros. En estos años oscuros, cuando la muerte campeaba por los barrios de Medellín a causa del enfrentamiento sin cuartel entre el Estado, los carteles del narcotráfico y los demás grupos armados, aparecieron como un grito que no se podía sofocar más las primeras bandas de punk y metal.

Leonardo Botero, en Los años del punk en Medellín (2018), escribió que en las estridencias del rock se refugiaron “los jóvenes que no veían en las pandillas una respuesta, tampoco la veían en una sociedad que les parecía hipócrita y apegada a costumbres anticuadas. Fueron jóvenes que, sin saber cómo, quisieron hacer música. Que empezaron a improvisar guitarras y baterías, a distribuir fanzines entre las personas que formaban sus parches, a salir con pintas que eran criticadas por ‘la gente de bien’. Que, cansados de ser señalados, insultados y perseguidos, salieron con toda su fuerza a una ciudad violenta”. Esto mismo nos contó Alex Oquendo, el vocalista de Masacre, en una entrevista que le hizo este medio el año pasado y que fue elaborada en Masacre o de cómo se grita desde las esquinas del infierno (2019) de Julián Acosta: “Con la música que hacíamos le quitábamos ejército a esos bandos de la guerra, pudimos ser un obstáculo porque muchos de los muchachos no se fueron para donde ellos sino para donde nosotros”.

Tampoco esta actitud de resistencia cayó bien entre los guerreros. Fueron muchos los metaleros y punkeros asesinados por el solo hecho de haber opuesto frente a la barbarie una escena enérgica, unos símbolos que escandalizaba, que amenazaba la buena conciencia de quienes se beneficiaban de la tragedia de los otros. Los grupos armados retenían a los metaleros y les cortaban el pelo. Los punkeros tenían que correr para no ser apresados. Sin embargo, muchas de las bandas que vivieron esa época se mantienen en la actualidad y continúan escribiendo la leyenda: Ira, Desadaptadoz, Fértil Miseria, GP, Kraken, Reencarnación, Masacre. Más aún, en sus letras y en sus sonidos atronadores han representado estéticamente los días de la infamia.

En la jornada académica de este Víboral Rock, Daniel Meléndez dijo que el metal choca en nuestra sociedad precisamente por hacernos recordar lo que queremos olvidar, y hacernos conocer lo que queremos ignorar: las situaciones más desgarradoras de la pesadumbre patria. Así, hace su aporte singular a la construcción y mantenimiento de la memoria histórica. En Colombia, las bandas de este subgénero extremo están hablando sobre el conflicto armado (Masacre), sobre la toma del Palacio de Justicia (Socavón), incluso han llegado a tocar hechos particulares de victimización como las masacres de El Salado y Bojayá. Tal vez, sin tener plena conciencia de ello, el movimiento roquero ha dejado las señas sobre un nuevo relato, sobre las versiones de verdad que quedaron ocultas en los discursos que impusieron (o que intentaron oponer) los grupos armados, y le han dado voz a los vencidos.

 

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