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El oro en los dientes: la canción de los que nunca se fueron

  • Fecha de publicación: 6 junio, 2026
  • Fecha de modificación: 5 horas
Vibora rock memorias

Por: Juan Manuel Vásquez Vivas

“Vive ahora, haz todo lo que la vida te irá quitando”

Álex Oquendo—Masacre

Remonto la avenida de camino al sur. Es jueves y el reloj se acerca a las cuatro de la tarde. Un sol inclemente baña este pueblo al que se ha habituado mi mirada. Pero algo lo revitaliza hoy, algo enrarece a esta turba de caminantes. Algo que aún no sé qué es, algo hay diferente. El tiempo continúa su marcha. Yo sigo con la mía. Estoy por llegar a mi destino. Encuentro la calle cerrada. Aún no hay música, pero no es propiamente silencio lo que envuelve al lugar. Unas cintas prohíben el paso. Uno grupo joven, de hombres y mujeres vestidos de cuero y metal, las estira para cruzar. En las escalinatas del Parque Educativo aguardan otros más. Me detengo en esa aparente rudeza de sus ropas, en la que brilla el encuentro.

Frente a ellos recuerdo un poema de José Manuel Arango; El oro en los dientes. Cruzamos una mirada y vienen a mí los primeros versos: “Lo que los distingue es sobre todo su apariencia anacrónica”. Y noto entonces, como venida del poema, a esa serpiente escarlata, que se devora a sí misma, tejida sobre sus pechos, los pantalones de cuero y tiro bajo, las medias de red, los taches que fulguran en los brazos y las crestas. Es el Víboral.

De pronto, a mi espalda, una voz me llama: “parcero, ¿entonces qué? ¿Preparado? Aquí estamos resistiendo, no nos fuimos, nunca nos fuimos”. Me ofrece manillas, aretes, pipas y anillos atados a un retablo y repite: “¿preparados?”. Yo le sonrío y veo cómo sigue su busca. Le da la mano a quien le devuelve la mirada y lanza esas redes de encanto con las que logra seducir. Él también está escrito en El oro: “frecuentan las calles aledañas al mercado donde venden sus mercaderías”. Me doy cuenta de que con el festival regresan quienes escaparon por un ruido más atronador que ningún otro, el de las balas. Ellos se han construido una patria sin fronteras en la que los acordes fueron otra especie de grito.

Pienso una vez más en el poema. Me cuesta no pensar que esos viajeros sagrados a los que les cantó José Manuel no fueran el mismo grupo de rockeros frente a mí, esa multitud que espera en cada esquina el comienzo del festival. “El corte de cabello recto y como hierático, los rapados parietales”, parece describir la forma de sus peinados, el rito de la gala. La música empieza por fin y desde la medialuna y los balcones se escucha a Kuprá, una banda joven de La Ceja que toca esas canciones que hacen parte de la memoria de América Latina y la España que sobrevivió al franquismo: En algún lugar, Lamento boliviano, Mil horas, Vestido de cristal, Bolero falaz, Tren al sur. Son los teloneros del festival y poco a poco su canto trae a más personas. A los punkeros se suman los estudiantes, algunos cargan guitarras, otros llevan mangas negras bajo el uniforme; madres con sus hijos en brazos, niños que revolotean por el barrio.

A Kuprá le sigue Skatofilia, una banda de skacore que viene de México. Su música es la reunión de géneros como el ska, el skapunk, el reggae o la cumbia. La tarde sigue con una conversación sobre el qué los llevó hasta este festival oculto entre montañas, sobre su sonido, sobre cómo suenan un saxo tenor, un trombón o un sintetizador perseguidos por el tamborileo de la batería y el scream del hardcore. Entre ellos y Verum West hay una pausa, en la que se proyectan tres capítulos de Metal Medallo: una serie documental de Juan Diego Parra Valencia sobre el nacimiento del metal en una ciudad a la que asfixiaban el sicariato, el narcotráfico y la violencia política.

Sobre las imágenes inéditas de los festivales que hubo en los 80 en Medallo, esa ciudad de las periferias que rodeaba a Medellín, se funden los titulares de los periódicos de la época y las voces de sus participantes. “Las masacres eran algo lejano”, dice Álex Oquendo, “esa palabra solo se utilizaba para las guerras”. Luego, sin embargo, tuvieron que vivirlas. Sus letras arrojaban hacia todas las direcciones el odio que sentían, contra el Estado y lo instituido. Porque si de un lado de la sierra se bendecían balas que reventaron los corazones de esa generación, del otro habría que gritar contra ese dios que parecía callar.

Horas después vuelvo a encontrar al mercader, ahora sobre el escenario, convertido en un músico. Y recuerdo que, al comienzo de la tarde, entre los toldos, recateaba precios. Con ese brillo en la mirada, recordaba bandas y toques, replicaba en el aire las formas de una guitarra, la marcha de una batería. Trocaba un parche por un pin, que colgaba de su pecho, como una nueva marca de guerra, “se los oye vocear en el idioma de todos: el de la ciudad”, como cantó José Manuel; ahora ambos se entregan a la sed de la danza.

La primera noche del Víboral está por terminar y pienso en los últimos versos de ese poema en el que se cifró su curso: “Luego, ya bebidos, hablan en su lengua. Como a retazos, como si recordaran a ráfagas hechos muy antiguos”. La memoria se precipita con la música y la bebida. “Es un canturreo gangoso que por momentos llega a parecerse a un canto. Y esa extrema risa de oro: el oro en la risa, en los dientes”.

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