
Por: Juan Manuel Vásquez Vivas
Hoy he asistido a un rito que parecía olvidado. Pienso en esto de camino a casa, después del segundo día de festival. Aprieto entre las manos un bolso con los recuerdos del día. Al llegar descargo mis cosas. Lanzo la camiseta a un costado, sobre una silla; suelto el bolso al pie de la cama, aún húmedo de lluvia; y pienso en las bandas. Con los ojos cerrados repaso la jornada. Aún la cabeza se agita al ritmo de la música. Llegan las conversaciones, los reencuentros, el reconocer —regados por la plazoleta— rostros que antes solo había visto en afiches, videos, películas, discos. ¡Discos!
Abro el bolso. Aparto los parches, los stickers, una camiseta, y al fin lo encuentro. Un disco oscuro con una caligrafía vibrante, indescifrable, visceral. En la carátula se alcanzan a distinguir dibujos formados por líneas rojas y manchas azules. Un sol negro ilumina apenas una cueva y frente a ella hay un cuerpo cubierto por una caperuza. El nombre de la banda sella el recuadro. Busco un lector de CD que hace años no uso, rasgo la cubierta de plástico, abro el disco y lo introduzco en el lector. Noto que, sin el disco, en la bandeja abierta, está dibujada esa cueva de la carátula: he entrado.
Pienso en las máscaras de la voz. Apago las luces. Las canciones se van siguiendo, una tras otra. Finalmente, me visita la pregunta del tiempo. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que había abierto un disco, un cassette o un vinilo? Un solo vertiginoso me distrae por un rato y luego vuelvo a la pregunta. Hace quince años, en una visita de mi hermano mayor, él abrió la casetera del equipo de sonido y unos segundos después empezó a sonar Vulgar Display of Power de Pantera. Nunca había escuchado esas voces rasgadas, la estridencia de las distorsiones, el frenesí de notas del que una guitarra era capaz. Algo cambió para siempre desde ese momento.
Tantas cosas se hacen por primera o por última vez. En algún momento de la adolescencia cargamos una guitarra, halamos cables, agitamos la cabeza, hacemos parte de la vorágine de la danza. Pasa el tiempo para todos, pero a algunos la vida los aleja de ello, hasta que un día visitan el festival y algo regresa desde lo más recóndito de la memoria: un nombre difuso de una banda de juventud, los apodos de sus integrantes, las peleas entre ensayos y los ensayos entre las peleas. Uno ve parte de su vida en esos cuerpos que se estremecen sobre el escenario, en el fulgor de quienes cantan sus canciones, en las manos que forman cuernos que son como aplausos.
Tantas cosas se hacen por primera o por última vez. En torno a la plaza algunos de los visitantes habituales del Víboral llegan con su hijo aún en brazos. En esos ojos inmensos y dispuestos se reflejan distantes imágenes del rock. Pasarán los años y su asombro no cejará. Frente a esas músicas que invocan la muerte, la confrontan y la abrazan, que la hacen parte, la mirada de quien vive por primera vez el Víboral es la superación de la muerte, la persistencia de la memoria de un festival que ya cuenta con diecisiete versiones y nació, hace veintiún años, en el fondo de esas miradas perplejas.
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