
Por: Juan Manuel Vásquez Vivas
“Sonora, melodiosa, innumerable, universal: era la lluvia”.
Marcel Proust—Por el camino de Swann
Desde el jueves, los curiosos se fueron acercando. Aún con una cierta duda frente a las bandas que gritaban consignas y sobresaltaban los bailes, observaban las ropas con los emblemas de las bandas, los maquillajes que repetían las formas de las catedrales góticas, los peinados de artificio. Ya para el viernes, la sospecha inicial se había convertido en una especie de fascinación. Examinaban las mercancías extendidas sobre los adoquines del parque, preguntaban por las bebidas que se ofrecían en los toldos, ofrecían trueques de los discos en las tiendas. Durante el sábado, algunos agitaban sus cabezas como para camuflarse entre el público.
Ahora es domingo. Las calles reúnen no solo a los rockeros en ciernes, no solo a los metaleros de barba cana, no solo a los músicos confundidos entre el público. Por las cuatro esquinas de la plazoleta llega toda clase de visitantes. Llegan quienes vieron a los operarios levantar durante la semana los andamios que luego se convirtieron en escenario, quienes aún prefiriendo otros géneros traen sus bolsas con comida para perros y gatos, familias que contemplan la adopción de esos animales que velan bajo las carpas.
El cielo está cerrado en un gris plomizo, la lluvia amenaza, los conciertos empiezan. Un par de agrupaciones jóvenes abre la tarde. Quinto Voltaje, My Depressing Sundays. Más adelante, la potente voz de Teresa Terracota. Sus letras terminan de romper la apatía de quienes pensaban que el Víboral no era también para ellos. Le canta al amor con metáforas comunes a todos los géneros de las músicas populares. La despiden entre aplausos desde las mujeres que escucharon la misa del medio día hasta los punkies más irreverentes.
El parque parece indiferente a la promesa de la lluvia. Toca Picknyck, una banda formada por jóvenes que hacen parte de los procesos de formación del Instituto. Han elegido diferentes imágenes para las visuales que acompañan su función. Algunas son grabaciones familiares; otras, el nombre del grupo en colores tornasolados; videojuegos que se estremecen al ritmo de la música; o timelapses de una cámara que viaja por la ciudad a bordo de un carro. La banda parece joven, pero sus integrantes son habituales del festival. Ya sea como público, o bajo otro nombre, esos cuatro rostros se han habituado a ser parte del frenesí.
Las nubes estriban en toda clase de géneros. Aun antes de que se precipite el agua, la lluvia ya ocurre en la tarima, ya moja los cuerpos de los oyentes. Locotina, Stian Marty, La Cordillera y Pornomotora. Ska, reggae, rock y punk. Saxofones ásperos, guitarras estridentes. Rock electrónico y cumbia. Beats y bailarinas. El último día del Víboral une en una misma celebración toda clase de manifestaciones, de edades, de públicos.
Los presentadores preguntan a cada tanto por quiénes esperan a los grupos de cierre. El público responde con arengas. Pornomotora, Sucerkia, Ferales, La Malafarra. Ya entrada la noche, quien fisgonea en las conversaciones —que ocurren entre que una y otra banda abandona el escenario— escucha las precipitaciones de esa otra lluvia que es la memoria. Las anécdotas del primer concierto de Rey Gordiflón al que fueron, la expectación de quienes jamás lo habían visto antes, pero albergaban intacto el recuerdo de dónde solían escuchar sus canciones. Hasta que, al fin, tras el paso de más de un centenar de músicos por el Víboral, dio inicio —y final— ese “golpecito en el cristal, como si algo hubiera chocado contra él”, en su fluir sonoro, melodioso, innumerable, universal: era la música.
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