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Un amor de Swann

Dirección: Volker Schlöndorff
Guión: Jean-Claude Carrière, Peter Brook, Marie Hélène Estienne
Dirección de fotografía: Sven Nykvist, S.A.
Montaje: Françoise Bonnot
Música: Hans Werner Henze
Decorados: Jacques Saulnier
Reparto: Charles Swann (Jeremy Iron), Ornella Mutti (Odette de Crecy), Alain
Delon (Barón de Charlus), Fanny Ardant (La marquesa de Saint-Euverte)
Color. Año: 1984. País: Alemania-Francia. Duración: 1:50

Comentario:

El montaje cinematográfico que hace Volker Schlöndorff, autor del nuevo cine alemán, a partir de la lectura de Por el camino de Swann, primer tomo de la monumental obra En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, no es una adaptación, no somete el plano a la inmensidad lingüística y poética de Proust como se podría esperar. Schlöndorff quien también haría una versión libre de El Tambor de Hojalata de Günter Grass, traduce a Proust en los planos detalle y planos-secuencia, leves movimientos de cámara y un esmerada percepción del tiempo a través de la mirada y los pensamientos del personaje protagónico Charles Swann, interpretado por Jeremy Iron, quien le otorga un aire distante pero a la vez turbado a su personaje.

La minuciosa puesta en escena con decorados a la “belle époque”, no es una mera recreación, conduce más bien la imagen como un laberinto intrincado que se materializa alegóricamente en los objetos, las habitaciones al estilo burgués, los jardines y calles del Paris de finales de siglo. Un laberinto pasional que Swann experimenta interiormente por Odette de Crécy, actuada con voluptuosidad por la actriz Ornella Mutti, una prostituta que pertenece a los círculos de Madame Vedurin, y que será divinizada por Swann al compararla con la imagen de Séfora de Boticelli, llevándolo a un enamoramiento obsesivo y
celoso. Siguiendo el tono de la novela, los planos resaltan la percepción como efecto de la conciencia del paso del tiempo que se contrasta con las acciones de locura repentina de Swann en medio de la mundanidad de los salones burgueses y los paseos en coche como en la secuencia en la que Swann acomoda las flores de catleya en el pecho de Odette o las salidas a media noche de un Swan celoso que intenta descifrar los signos de una verdad que se le escapa. Con un equipo de guionistas experimentados con los que se cuenta a Jean Claude Carrière y al dramaturgo y director de teatro Peter Brook, además de la dirección de fotografía de Sven Nykvist, el prodigioso cámara de Bergman y Tarkovski.

Esta película es un ejercicio esmerado por sintetizar los pasadizos de la memoria y del deseo en la obra proustiana. La coda de la película a manera de final, nos llega a través de la confesión de Swann, ya mayor, a su amigo el Barón Charlus, un aristócrata decadente a la caza de efebos, interpretado por Alain Delon, en la que le expresa lo que el tiempo ha hecho con su vida, el desgate contrasta con el nacimiento del urbanismo industrial. La ciudad ya no es elegante, el ruido y el humo de los autos recién inventados son alegorías de un tiempo perdido en medio del tráfago de la modernidad en ciernes. Un amor de Swann por Odette, es un amor por el que cualquiera de nosotros pudo haber pasado, la incertidumbre de la posesión se torna en una búsqueda obsesiva y los celos se convierten en instrumentos de investigación para verificar entre el imaginario, el rumor y la experiencia de la vacuidad de la vida, una verdad que se teme encontrar. Al esclarecerse los signos que llevan a la verdad, pensamos en la enfermedad de los sentimientos, un eros herido que no tiene asidero en ninguna parte como alguna vez lo señaló Antonioni.

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